Ya está, Alemania-Italia y Francia-Portugal. Ni Brasil, ni Portugal, ni las individualidades -detalles de Zidane aparte-, este Mundial nos ha devuelto a Francia 98, al 4-2-3-1 más rancio y defensivo. Hay emoción porque es un Mundial y hay drama porque se celebra cada cuatro años, pero poco más. En todos los partidos de cuartos, ningún equipo, excepto Francia hoy -y jugando con el marcador a favor-, ha hecho más de cuatro ocasiones de gol. Los porteros, de no ser por las tandas de penalties, apenas han intervenido. Los entrenadores se han aferrado al manual del miedo a perder y cuando han hecho cambios no han mejorado nada -excepto Lennon en Inglaterra, cuyo premio ha sido ser sustituido-. Al final, el que iba a ser el Mundial del juego ofensivo y espectacular, se ha convertido en el de la renuncia: la de Francia a Trezeguet, las de Parreira y Scolari al jogo bonito -uno pierde y el otro gana-, la de Eriksson a jugar a algo, lo que sea, y la de Lippi... bueno, Lippi es italiano, la renuncia en su sentido más amplio va implícita en el contrato.
Del mismo modo que de Francia 98 sólo se recuerda la final, al paso que vamos lo mismo sucederá con Alemania 2006. ¿O es que alguien se ve dentro de 6 años recordando el Portugal-Inglaterra de hoy, o el Italia-Ucrania de ayer? Aún hoy se habla del 3-2 de Italia-Brasil en España 82, del Francia-Brasil del 86, del Alemania-Italia del 70, de Brasil 70...
Lo dicho, el eterno debate entre ganar y jugar bien, entre permanecer en la memoria colectiva o en los libros. Pocas veces coinciden ambas cosas en un equipo, pero dado que sólo uno sale campeón, ¿por qué no intentar ser recordado por una propuesta atrevida?
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Del mismo modo que de Francia 98 sólo se recuerda la final, al paso que vamos lo mismo sucederá con Alemania 2006. ¿O es que alguien se ve dentro de 6 años recordando el Portugal-Inglaterra de hoy, o el Italia-Ucrania de ayer? Aún hoy se habla del 3-2 de Italia-Brasil en España 82, del Francia-Brasil del 86, del Alemania-Italia del 70, de Brasil 70...
Lo dicho, el eterno debate entre ganar y jugar bien, entre permanecer en la memoria colectiva o en los libros. Pocas veces coinciden ambas cosas en un equipo, pero dado que sólo uno sale campeón, ¿por qué no intentar ser recordado por una propuesta atrevida?